Los Años del Estropicio - The Years of Devastation. [Esp - Eng]

Cuando llegué de visita a Mayarí Arriba, encontré un pueblo preñado de vida: los coches inundaban las calles, las personas iban y venían de sus trabajos, los negocios particulares (pequeños y escuálidos) inundaban las calles y los parques, una pizza mal hecha llegaba a costar cinco pesos (ahora parecería algo irrisorio debido a que la misma pizza en la actualidad puede llegar a costar 150 y más si eres capaz de encontrarla). Los parques bullían de tumultos de personas que iban y venían, de cuando en cuando la plaza se llenaba con los músico de la banda municipal que hacían lo que podían; pero de algo si estoy seguro y es que llenaban de vida el lugar. Ahora viene a mi mente de golpe las veces que iba a la panadería especializada para comprar una panetela que podía costar treinta y cinco pesos o un pan de molde que costaba unos veinte pesos y que los lugareños no compraban porque les parecían caro.
En aquellos tiempos encontré un pueblo con un ritmo de vida muy particular, de gente sencilla, humilde pero repleta de alegría con una perspectiva rústica forjada en el trabajo duro y cotidiano. Del pueblo no dejé de visitar los caminos polvorientos, los puentes colgantes que servían como paso peatonal de un lado del rio a otro (en ocasiones pasaban por el gente montado a caballo, en moto o en bicicleta, toda una locura). Visitaba las casa humildes donde no dejaban de ofrecerte ese trago de café (aunque estuviera frío, que digo frío, digo patitieso) donde los cuentos no se dejaban esperar y la voz no se controlaba, de esas conversaciones salieron recomendaciones de lugares a los que tenía que visitar de cualquier forma e historias que hoy atesoro con gran cariño.
Upon arriving in Mayarí Arriba, I discovered a town swollen with vitality: streets overflowing with cars, men and women weaving their daily journeys, fragile little shops sprouting like weeds in parks and corners, and a pizza—clumsy, misshapen—costing five pesos, a price that today would seem almost mythical, for the same pizza now demands 150 or more, if fortune allows you to find it. The parks throbbed with human tides, and the square, at times, was stirred by the municipal band, whose music—though imperfect—breathed life into the air. I remember, suddenly, the bakery where I would buy sponge cakes for thirty-five pesos, or a loaf for twenty, too costly for the locals, who turned away.
It was a town with its own cadence, rustic and joyful, born of labor and dust. I wandered its powdery roads, crossed its swaying bridges where horses, motorcycles, and bicycles defied the rules of passage. In its modest homes, coffee was always offered—even if icy, stiff as stone—and voices rose unbridled, carrying tales and advice of places I must see, stories that now rest in me like cherished relics.
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Pero ocurrió algo, no fue de golpe sino de apoco. La situación comenzó a cambiar, la cotidianidad se impuso y la vida hubo que dibujarla con otros colores. Unos dirían que solo hace unos años de esos; pero lo que pienso yo que desde el 2020 todo comenzó a cambiar y no para bien. En ese año comenzaron los fatídicos años de estropicio. Marcado por la escasez, por la fuga de la juventud en busca de otros horizontes, el deterioro social y el éxodo de personas que aún quedaba hacia la capital cubana, entre los que me incluyo aún sin ser nativo de ese pueblo que me acogió con cariño. Solo veía el presente y recordaba diariamente la canción titulada "Pueblo Blanco" de Serrat. Lo cierto es que este 2026 se ha convertido en un año difícil para los habitantes de Mayarí.
Muchas cosas se callaban entre las paredes de las casas: la falta de comida, la falta de liquidez para adquirir cualquier cosas necesaria, la distracción y las salidas, las vestimentas, todos iban hacia lo mínimo buscaban lo mínimo para alargar un día más; pero habían cosas que no se podían disimular: la oscuridad en las noches (en esas noches de apagones donde veías un pueblo apagado y en el que solo algunos privilegiados podían disfrutar de la luz nocturna) o del momento de cocinar los alimentos la ausencia de gas se hacía evidente (no solo en el humo blanco que salía de las cocinas rusticas de los patios o de los anafres) sino cuando se veía a los habitantes rastrojeando el río para encontrar leña para la casa.
It did not strike at once, but crept in slowly. The town’s pulse shifted, daily life redrew itself in harsher hues. Some might claim it was only yesterday, but I know that from 2020 onward the tide turned—and not toward light. Those were the years of devastation: scarcity gnawed at cupboards, youth fled toward distant horizons, society frayed, and the exodus toward Havana thinned the town’s veins. I too was among them, though not born there, embraced nonetheless by its warmth. Each day I remembered Serrat’s “Pueblo Blanco,” its refrain echoing the silence of Mayarí. And now, in 2026, the year weighs heavy upon its people.
Behind walls, silence covered hunger, the emptiness of pockets, the absence of leisure, the threadbare clothes—life pared down to its bare minimum, stretched one day at a time. Yet some truths pierced the veil: nights swallowed in blackout, a town extinguished save for a few lucky sparks; kitchens where the absence of gas spoke in white smoke rising from rustic stoves, in the sight of neighbors combing the river for wood to keep the flame alive.

En esa tarea se veían ancianos, niños, mujeres y hombre, todos los miembros de la familia volcado en la tarea de buscar, no solo algo para cocinar sino con que hacerlo. Se hizo normal la imagen de personas cargando grandes troncos, de personas montando pequeñas ramas que encontraba por cualquier lugar en las bicicletas e ir acopiándolas hasta llegar a su destino. Se convirtió en algo común en el paisaje urbano y rural de aquel hermoso pueblo que comenzaba a conocer en el el año 2019. Pero la situación empeoró, en el año 2025 pasaría el ciclón Melissa por Santiago de Cuba y de cierta forma aplastaría la esperanza de muchos. En esos días la devastación era tremenda, los arboles caídos representaban una gran fuente de leña para los difíciles días que vendrían y las personas, como hormigueros, iban con machetes y hachas hacer leña de esos árboles arrastrados por el viento y a crecida del río.
In that endeavor, the whole family joined—elders, children, women, and men—searching not only for food but for the flame to prepare it. The town’s streets and countryside filled with images of people burdened with logs, bicycles trembling under bundles of branches gathered from wherever they could be found. It became part of the scenery of the town I first met in 2019. Yet hardship deepened: in 2025, Hurricane Melissa swept through Santiago de Cuba, crushing hope beneath its winds. The devastation was overwhelming. Fallen trees, once guardians of shade, became lifelines of firewood. Like swarms of ants, people moved with machetes and axes, carving fuel from trunks torn down by the storm and the swollen river.
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Ahora, desde lo lejos solo puedo recordar las cosas que fueron viviéndose y las situaciones que fueron agudizándose paulatinamente hasta quedar como hoy: un pueblo desconectado por completo, con solo dos horas de corriente eléctrica al día, sin posibilidad de conservar los pocos alimentos que pueden conseguir los habitantes, deforestando los alrededores para poder conseguir carbón o leña, donde se ha depauperado el ganado y los animales en forma general por personas inescrupulosas, donde los sembrados no fructifican por los ladrones que se han destapado en medio de la crisis, de la imposibilidad de muchos de poder trasladarse hacia la ciudad por la inexistencia prácticamente del transporte terrestre y un montón de cosas que de las que hoy estoy distante.
Espero, con todo el corazón que Mayarí recupere su magia, esa magia que encontré no hace mucho tiempo atrás. Que todas esas personas que han abandonado quieran regresar para construir la prosperidad perdida de ese pueblo tan amado. Que no encuentre en mis redes sociales cada día anuncios de ventas de casas para escapar de allí, sino que comience a ver como las personas regresan y vuelven a llenarlo de color todo. Quiero lo mejor para ese pueblo que tarde o temprano volveré a él.
From the distance, I can only summon memories of what was lived, of the slow sharpening of hardship until today: a town severed from light, surviving on two hours of electricity, unable to preserve its scarce food, stripping its forests for charcoal and firewood, its herds diminished by greedy hands, its fields robbed before they could yield. Transport vanished, leaving many stranded, and I, far away, hold these images in sorrow.
Yet I dream of Mayarí’s magic returning—the magic I once found in its streets and voices. I long for those who departed to come back, to weave prosperity once more into its fabric. I wish not to see houses listed for escape, but to witness the return of neighbors, painting the town with color and life. My heart desires only the best for that place, and I know, sooner or later, I will walk its roads again.

Detalles Técnicos
Cámara:Canon EOS 80D / Canon EOS 600D
Lente: Sigma Art 18-35mm f/1.8 DC , Helio-44-2 58mm f/2, Canon EF 50mm f/1.4 USM
Trípode: K&F Concept K254C2
Texto traducido por Copilot / Translated by Copilot.










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Algunas fotografías de ciertos pueblos capturan el alma de sus habitantes: sus atardeceres apacibles, sus tareas cotidianas, la llegada de la noche, el amanecer esperado. Saludos, @jcalvoparapar
Es fue una de las tareas que me di al llegar a ese pueblo y permanecer por casi 7 años, ir construyendo una memoria fotográfica modesta de cómo se vivía en el valle y en parte de las montañas de sus alrededores. Fue una tarea encantadora que me llenaba de energía cada vez que tomaba la cámara para salir a las calles a congelar momentos que no se repetirían. Hoy hago el resumen de aquellos años y voy mostrando el resultado. Gracias por su comentario.
A story very similar to what I've seen in some towns (even my own) here in my country (Venezuela)... Thank you so much for sharing this post, excellent writing and wonderful photos!...
!discovery
!PIZZA
Latin America overflows with tales such as this; Gabriel García Márquez’s Macondo stands as a universal mirror, revealing the many faces of village life from its birth to its fading away. It is a rhythm that echoes across our lands, a pattern woven into our destiny. I long to see Cuban towns brimming with vitality and joy once more, and may their brilliance return soon. Thank you for your words; those photographs are but a glimpse of what I discovered there, fragments of a visual memory I wish to keep alive from the hidden corners of Eastern Cuba.
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