Fotowalk in Berlin 🇩🇪 (Entry to #monomad Challenge)
Hello hiver!
Any walk in Berlin can turn into a photographic journey full of stories and subtle details. The city greeted me that day with its combination of quiet turmoil and that continual hum of originality that defines it. Taking my camera, selecting a few lenses, and began without a predetermined path, directed solely by my gut and the rhythm of the streets.
My first photo was of a traditional Berlin scene: a corroding iron bridge over a busy road, wall graffiti, parked automobiles, and a line of posters promoting concerts and events on a historic building. It was precisely the kind of location where every inch of the city serves as a canvas for expression. A woman lost in thought while strolling her dog down the sidewalk was oblivious of the busy environment around her. Contrasts abounded everywhere—steel, cobblestones, concrete splattered with graffiti, and the fleeting hope of an upcoming cultural event.
Walking still, I found a man perched on a doorway with tattoos, a hat, and a coffee cup watching the street. He rested between coffee shops and small companies. Behind him, a chalkboard provided cold drinks and pastries. Lost in their own universes, people passed him oblivious; he sat there, though, like a needed break in the never-ending flow of the metropolis. The scene was both personal and public—a real picture of Berlin, a haven for free spirits to unwind and a treasure trove of silent stories.
On another corner, the avenue became a hallway of art and youth. A youngster kneeling on the floor worked with her bag as her bike leaned against a stickers-covered wall. Another small woman sipping a beverage and soaking in the surroundings awaited her.Further along, groups chatted and laughed, taking up space as if they’d always belonged there. Berlin seemed to me to be a series of impromptu events, bursting with humanity and bearing that raw genuineness only seen where daily life and history are tightly interwoven.
On a steep curve, a man carrying a sizable cache of camera equipment grabbed my attention. He slowly rose along a zig-zag staircase linking two levels of the city. Against the background movement, his silhouette shone to represent the inquisitive attitude of someone always seeking for a fresh perspective—one most people would miss.Ascending to the top was like conquering a new perspective: from above, the city unveiled itself unexpectedly, differently.
A little farther on, the sidewalk's buzz drew me to a young woman captured in the moment of whether to purchase or walk away in front of a clothing rack. Her reflection in the store window was a fleeting beacon among the relentless flow of hurried people; no one saw her stop, everyone absorbed in their everyday concerns.
There was also a tender scene: a woman crossing the river with her little girl, hand in hand as they made their way over a bridge to school. The water flowed calmly beneath them, their backpacks bobbing slightly, and with every step that morning, there was hope for a new day ahead. In that walk, the city seemed to pause for a moment, celebrating the simple miracle of a routine shared.
That fotowalk, like so many others, became my passport to Berlin’s less obvious folds. Among the noise of traffic, smells of street food, and the unmistakable heartbeat of urban culture, the city gave me another afternoon rich in images and quiet moments. Through my viewfinder, I learned to see Berlin not as a simple map, but as an endless collection of little stories running away.
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Hola hiver!
Cualquier paseo en Berlín puede convertirse en un viaje fotográfico lleno de historias y detalles sutiles. La ciudad me recibió ese día con su mezcla de tranquilo caos y ese constante zumbido de originalidad que la define. Tomé mi cámara, seleccioné algunos lentes y comencé sin un camino predeterminado, guiado únicamente por mi intuición y el ritmo de las calles.
Mi primera foto fue de una escena tradicional de Berlín: un puente de hierro corroído sobre una carretera transitada, paredes cubiertas de grafitis, autos estacionados y una fila de carteles que promocionaban conciertos y eventos en un edificio histórico. Era precisamente el tipo de lugar donde cada centímetro de la ciudad sirve como lienzo para la expresión. Una mujer, perdida en sus pensamientos mientras paseaba a su perro por la acera, era ajena al bullicio que la rodeaba. Los contrastes abundaban por todas partes: acero, adoquines, cemento salpicado de grafitis y la efímera esperanza de un próximo evento cultural.
Continuando la caminata, encontré a un hombre sentado en un umbral, con tatuajes, sombrero y una taza de café, observando la calle. Estaba entre cafeterías y pequeños negocios. Detrás de él, un pizarrón ofrecía bebidas frías y pasteles. Perdidas en sus propios universos, las personas pasaban sin notarlo; él permanecía allí, como una pausa necesaria en el flujo interminable de la metrópoli. La escena era tanto personal como pública, una verdadera imagen de Berlín, un refugio para espíritus libres que buscan descansar y un tesoro de historias silenciosas.
En otra esquina, la avenida se convertía en un pasillo de arte y juventud. Una joven, arrodillada en el suelo, trabajaba con su bolso mientras su bicicleta descansaba apoyada en una pared cubierta de pegatinas. Otra mujer pequeña, bebiendo algo y absorbiendo el ambiente, la esperaba. Más adelante, grupos charlaban y reían, ocupando el espacio como si siempre hubieran pertenecido allí. Berlín me parecía una serie de eventos improvisados, llenos de humanidad y con esa autenticidad cruda que solo se ve cuando la vida diaria y la historia están estrechamente entrelazadas.
En una curva empinada, la figura de un hombre cargando un equipo fotográfico considerable captó mi atención. Subía lentamente por una escalera en zigzag que conecta dos niveles de la ciudad. Contra el movimiento de fondo, su silueta brillaba representando la actitud inquisitiva de alguien que siempre busca una perspectiva nueva, una que la mayoría de las personas pasaría por alto. Alcanzar la cima era como conquistar un nuevo punto de vista: desde arriba, la ciudad se revelaba inesperadamente, de forma distinta.
Un poco más adelante, el bullicio de la acera me atrajo hacia una joven capturada en el momento de decidir si comprar o alejarse frente a una percha de ropa. Su reflejo en la ventana de la tienda era un faro fugaz entre el constante flujo de gente apresurada; nadie vio su pausa, todos absortos en sus preocupaciones cotidianas.
También hubo una escena tierna: una mujer cruzando el río con su niña, tomadas de la mano mientras caminaban por un puente rumbo a la escuela. El agua fluía tranquilamente bajo ellos, sus mochilas se movían ligeramente y con cada paso esa mañana había esperanza de un nuevo día. En ese caminar, la ciudad parecía detenerse por un instante, celebrando el simple milagro de una rutina compartida.
Ese fotowalk, como tantos otros, se convirtió en mi pasaporte a los pliegues menos evidentes de Berlín. Entre el ruido del tráfico, los olores de la comida callejera y el inconfundible latido de la cultura urbana, la ciudad me regaló otra tarde rica en imágenes y momentos de quietud. A través de mi visor, aprendí a ver Berlín no como un simple mapa, sino como una colección interminable de pequeñas historias en fuga.
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RESOURCE / RECURSO | SOURCE / FUENTE |
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Edition / Edición: | Photoshop |
Tex & Images / Texto e imágenes: | |
Camera / Cámara: | Canon RP |
Lens(es) / Objetivo(ds): | Canon RF 24-105mm f/4-7.1 |
Thanks for the support @stresskiller and @ecency team. I appreciate that 🙏🏻🙏🏻🙏🏻🙏🏻
Muy bonitas imágenes bro , sin duda el tono en blanco y negro le da un plus extra y un toque de elegancia a las fotos. Saludos.
Muchas gracias @wil.iglesias. Me alegra que te hayan gustado las fotos 🙏🏻🙏🏻