[ENG-SPN] Three strides to the Basque Finisterre / Tres zancadas hasta el Finisterre Vasco

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There is a very old tradition that claims, no less, that Saint John the Baptist reached these shores of the Bay of Biscay in just three strides, taking the last one, as could be expected, on that rocky outcrop shaped like a sleeping dragon, atop which stands a humble seaside hermitage in his honor: San Juan de Gaztelugatxe.

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After Mundaka, our journey along the Bay of Biscay takes us to another of the most important, historic, picturesque, and fantastic places on a coast that is rightly considered the Basque Finisterre: Bermeo. Bermeo also boasts a small island called Ízaro, which for generations was the subject of a dispute between Bermeo and Mundaka—ultimately, they settled it in a regatta, which Bermeo won. The island also became the name of one of the most important film companies in Spain at a time when directors like Buñuel, Berlanga, Ibáñez Serrador, and a long list of other unforgettable classics were beginning to shine.

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But Bermeo is also, despite the beauty of a town nestled around a port where those intrepid whalers who would have served as perfect models for Herman Melville's unforgettable story, 'Moby Dick', no longer dock, that legendary place of rich Basque mythology, where tales are told not only of horrific shipwrecks and strange lights appearing near Cape Matxitxako, but also of its cliffs being the age-old habitat of the lamias: women of extraordinary beauty, with duck or bird feet, who comb their long hair with golden combs, rewarding or punishing according to the intentions of the humans they encounter. In some way, they are related to the formidable Frankish tradition of Queen Pedauca, or Goose-Foot, whose symbolism, despite its heterodoxy, was even incorporated into numerous medieval cathedrals.

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Hay una tradición muy antigua, que afirma, nada más y nada menos, que San Juan el Bautista llegó a estas costas del Golfo de Vizcaya, en tan sólo tres zancadas, habiendo dado la última, como no podía ser de otra manera, en ese peñón, con forma de dragón dormido, en cuya cima se levanta una humilde ermita marinera en su honor: San Juan de Gaztelugatxe.

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Después de Mundaka, nuestro recorrido por el Golfo de Vizcaya recala en otro de los lugares más relevantes, históricos, pintorescos y fantásticos de cuantos conforman una costa, que, no en vano, está considerada como el Finisterre Vasco: Bermeo. A Bermeo pertenece, además, una pequeña isla, de nombre Ízaro, que durante generaciones fue objeto de disputa entre Bermeo y Mundaka –al final, se la jugaron en una regata, ganando los de Bermeo- convirtiéndose, además, en el nombre de una de las compañías cinematográficas más relevantes de aquella España en la que comenzaban a brillar los nombres de directores como Buñuel, Berlanga, Ibáñez Serrador y un largo etcétera de clásicos inolvidables.

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Pero Bermeo es también, a pesar de la belleza de una población recogida sobre un puerto en el que ya no atracan aquellos obstinados balleneros que hubieran servido perfectamente de modelos para la inolvidable historia de Hermann Melville, ‘Moby Dick’, ese lugar legendario de la rica Mitología vasca, donde no sólo se habla de horribles naufragios y extrañas luces que se aparecen en las proximidades del cabo Matxitxako, sino de ser sus acantilados, el hábitat inmemorial de las lamias: mujeres de extraordinaria belleza, con pie de pato o de ave , que peinan sus largos cabellos con peines de oro, premian o castigan, según las intenciones de los humanos con los que se encuentran y de alguna manera, se relacionan con la formidable tradición franca de la reina Pedauca o Pie de Oca, cuyo simbolismo, a pesar de su heterodoxia, fue incluso recogido en numerosas catedrales medievales.

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