[ENG-SPN] Beasts to Dominate Consciences / Bestias para Dominar Conciencias

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Romanesque sculpture, the best ally of the medieval narrative—whose power has reached us in the form of a historical, artistic, and cultural heritage of the highest order—also incorporated, among those supreme precursors of modern storytelling, technical elements such as corbels and capitals. These elements also constituted the primary textbook for a society that had no other means of accessing culture: mythological figures used to define biases and, at the same time, highlight the moral inferiority of previous cults.

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Sirens, harpies, centaurs, and a long list of archetypes highlighted the dark side of that eternal dualistic struggle, which, in contrast to the light and immaculate nature of the saints and New Testament scenes, revealed such pernicious biases as lust, greed, and envy, keeping in check what could well be considered a moral policy aimed at subduing medieval consciences under severe penalties and punishments.

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But, in addition, among these beings drawn from the depths of the Collective Unconscious, one powerful and masterful figure always stood out: the serpent or the dragon. Identified as the personification of Evil par excellence, popular imagery not only depicted them but also adopted them as part of a real bestiary that existed parallel to that rural environment, whose people maintained strong bonds of adoration and fear with a nature that, while it dazzles us now, then filled us with awe. In Spain, these kinds of encounters with enormous snakes or dragons are very famous. In the north, especially in Asturias and Cantabria, these creatures are known as Cuélebres. And it is here, as Tolkien also established in his myths, that they acquire another interesting meaning: guardian of treasures.

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La escultura románica, que fue el mejor aliado de un relato, el medieval, cuya fuerza ha llegado hasta nosotros en la forma de un patrimonio, tanto histórico, como artístico y cultural de primera magnitud, también incorporó, dentro de esos supremos precursores del ‘storytelling’ moderno, elementos técnicos, como los canecillos y los capiteles, que constituían, además, el principal libro de texto del que se nutría una sociedad que no tenía ningún otro medio de acceso a la cultura: figuras mitológicas para definir unos sesgos y a la vez, poner de manifiesto la inferioridad moral de cultos anteriores.

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Sirenas, arpías, centauros y una larga serie de arquetipos, ponían en evidencia el lado oscuro de esa eterna lucha dualista, que, en contraposición a la luz y a lo inmaculado de los santos y las escenas neotestamentarias, dejaban en evidencia sesgos tan perniciosos como la lujuria, la avaricia o la envidia, manteniendo a raya lo que bien se podría considerar como una política de la moral encaminada a sujetar las conciencias medievales, bajo severas penas y castigos.

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Pero, además, entre esos seres sacados de lo más profundo del Inconsciente Colectivo, destacó siempre una figura poderosa y magistral: la serpiente o el dragón. Identificado como la personificación del Mal por excelencia, la imaginería popular, no sólo los representó, sino que también los adoptó como parte de un bestiario real que existía paralelo a ese entorno rural, cuyas gentes mantenían unos fuertes lazos de adoración y temor con una naturaleza, que, si bien ahora nos deslumbra, entonces sobrecogía. En España son muy célebres este tipo de enfrentamientos con serpientes o dragones descomunales, a los que, en el norte, especialmente en Asturias y Cantabria, se les conoce con el nombre de Cuélebres. Y es aquí, como también lo dejó constatado Tolkien en sus mitos, donde estos adquieren, por añadidura, otro interesante significado: custodio de tesoros.

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