Diciembre, es el mes de la felicidad, principalmente par los niños [ESP Only]

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Me pasa todos los años, casi sin darme cuenta, que diciembre me reubica emocionalmente. No porque sea un mes amable en sí mismo, sino porque me obliga a mirar hacia abajo, a la altura de los niños. Allí cambia todo. Las prioridades, el ritmo, incluso el lenguaje. De pronto la felicidad deja de ser una palabra grande y abstracta para convertirse en algo concreto, casi doméstico. Una merienda pensada con cuidado. Una espera compartida. Un gesto que no busca aplauso. En diciembre, quienes somos adultos asumimos una tarea silenciosa que rara vez se nombra, sostener la ilusión de los más pequeños aunque por dentro estemos cansados, distraídos o llenos de asuntos pendientes. No es sacrificio épico ni altruismo declamado, es una decisión íntima y diaria que tiene más que ver con la ética que con la emoción.

Todos los niños, sin excepción, perciben cuándo un adulto está verdaderamente presente. No necesitan discursos ni promesas grandilocuentes. Les alcanza con la coherencia entre lo que decimos y lo que hacemos. Por eso diciembre se vuelve un escenario tan revelador. Padres, madres, abuelos, hermanos mayores, incluso adolescentes, reorganizan su tiempo y su energía en función de quienes todavía creen que la felicidad puede ser simple. Esa reorganización no siempre es cómoda, pero es profundamente humana. Implica postergar deseos propios, ceder espacios, ajustar expectativas. Y sin embargo, en ese movimiento ocurre algo curioso, la felicidad que se entrega vuelve transformada. No como recompensa directa, sino como una sensación más honda, más tranquila. Una que no necesita ser celebrada porque se reconoce en el cuerpo.

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Recuerdo que cuando era niña no entendía el cansancio de los adultos en diciembre. Hoy lo comprendo con claridad. Es un mes exigente, lleno de obligaciones visibles e invisibles. Y aun así, la mayoría elige no bajar los brazos. Elige insistir. Insistir en reunir, en preparar, en acompañar. Esa insistencia no nace del mandato social, nace del amor entendido como acción concreta. La familia, en este contexto, deja de ser una estructura fija para convertirse en un acto continuo de cuidado. No importa tanto el formato como la intención. Importa que alguien piense en el otro antes que en sí mismo. Que alguien entienda que la alegría infantil no se negocia ni se posterga. Se protege.

La bondad, cuando es genuina, no hace ruido. Se manifiesta en detalles mínimos que los niños captan con una precisión asombrosa. Un tono de voz más suave. Una paciencia extendida unos minutos más. Un adulto que se sienta en el suelo sin apuro. En diciembre, esos gestos se multiplican porque hay una conciencia compartida de que algo valioso está en juego. No es la fecha, es la experiencia. Los niños construyen su idea de felicidad a partir de estos momentos. No desde el consumo ni desde el exceso, sino desde el vínculo. Y nosotros, al participar de esa construcción, también reeducamos nuestra manera de sentir. Nos recordamos que la alegría más limpia es aquella que no pide nada a cambio.

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Sostengo que diciembre no es importante por lo que promete, sino por lo que exige de nosotros. Exige coherencia, entrega, atención. Exige una forma de amor que no se anuncia ni se justifica. Amar a los niños en diciembre es aceptar que la felicidad puede no pertenecernos del todo, y aun así elegir fabricarla para ellos. Esa elección tiene peso psicológico y emocional. Nos conecta con nuestra propia infancia y con la responsabilidad de no traicionarla. Tal vez por eso este mes nos conmueve incluso cuando no queremos. Porque nos enfrenta con una verdad simple y poderosa, la felicidad, cuando se piensa para los niños, se vuelve un acto de bondad radical. Y en ese acto, aunque no lo busquemos, algo en nosotros también se ordena.

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